
-Señor, qué se va a servir?
-Una milanesa al pan, por favor. Sin picles, sin morrón en vinagre, que sea de carne entera, que el aceite no esté quemado, que la lechuga esté bien lavada, que la mayonesa sea casera y recién hecha, que tenga dos fetas de tomate, una abajo y otra arriba de la milanesa, y que el huevo sea cocido y no frito.
-En un minuto señor. Marrrrche una al pan comúnnnnn!
-...y una jarra de cabernet sauvignon por favor.
-..marche un medio de la casssaaaa!
Por la ventana entra una mosca chica y verdosa que se para en la calva del comensal de espaldas, en la mesa de en frente. El mozo a las corridas deposita en la mesa la jarra de vino y el diario de hoy.
-No gracias, no leo las noticias.
Mirando hacia afuera mientras el mozo realiza movimientos vagos con el periódico en la mano, delatando pensamientos internos, aquieta la voz.
-me da la sensación equivocada de que las personas que aparecen en las fotos intentan mejorar el mundo sabiendo lo que hacen.
Una pausa de un segundo demora el gesto que coloca el pliego bajo la axila izquierda.
-Como guste señor.
Las sillas de madera parecen pintadas con café negro, y el aroma a vino viene desde el aliento de los apoyados en la barra en pequeñas ráfagas. El marmol gastado ya no tiene aristas nítidas. Los cristales biselados del aparador, impecablemente transparentes y brillantes, dejan ver un matambre casero y una pizza rellena que parece disecada. Arriba cuelga una foto del zorzal criollo enmarcada en listones de madera finita, entre banderines de futbol y chapas de autos ya viejas. En la radio suena Madona. Después suena un grupo local cantando en inglés un tema de Coldplay. Por último suena algo sumamente patético y absolutamente desconocido.
El hombre de traje comienza a sacarse el saco al ver al mozo retirar su plato de frente a la mesada del horno. Con la mano derecha se arremanga la manga izquierda y un complejo viceversa, mientras la milanesa hace equilibrio entre las mesas vecinas.
-Aquí tiene señor.
-Gracias. No, no se preocupe, el vino me lo sirvo más tarde.
El mozo sin responder acomoda los cubiertos intentando mantener una simetría imposible.
-Cualquier cosa me avisa señor.
-Vaya tranquilo.
Lo primero que hace es servirse el vino y dar un buen trago, haciendo un buche repetido y raspando la lengua en el paladar superior e inferior, por el interior de las mejillas, por los dientes y los labios. Estirando los brazos se asegura de mantener la milanesa lejos de su camisa, y muerde un buen bocado con la boca llenándose de saliva. Mientras mastica lentamente diferenciando los sabores de la carne, del pan rallado, el tomate, la lechuga, el huevo, la mayonesa, en la ventana a su derecha se paran dos muchachos de pantalones uno más oscuro que el otro, camisas blancas y corbata, con pelo corto y a simple vista de diferentes etnias. Lo están mirando, por lo que levanta las cejas en señal de pregunta, sin dejar de masticar.
-Buenas tardes. Tu crees en dios?
El acento extranjero completa los datos que el comedor de milanesa necesita para hacerse una idea. Sin inmutarse hace la seña del no con la cabeza y da otro bocado a la milanesa por el lado en que ve que está el pedazo más grande de huevo cocido.
-Podemos charlar un minuto con tu?
Levantando del plato un trozo de tomate que resbaló entre los panes pone mientras mastica los ojos desorbitados, mirándolos, moviendo la cabeza en vaivén recto de lado a lado mientra enfatiza con un vaivén más rápido de adelante hacia atrás y separa las manos como si estuviera agarrando un pan casero de a quilo frente a si, señalando el plato con los cinco dedos de su mano derecha mientras en la izquierda sostiene la milanesa.
-Podemos dejarte un libre para tu que lees?
Les indica la mesa con la mirada y un movimiento de la quijada. Desesperadamente intenta recobrar el estado de ánimo necesario para disfrutar algo tan pasajero e irrepetible como el placer de una rara buena milanesa al pan. En la portada del folleto a colores ve una pareja caucásica y una afrodescendiente, todos con sendas sonrisas, rodeados de niños, leones y ovejas en un prado absolutamente verde, lleno de flores. No hay paralíticos ni señas de otros problemas físicos o mentales. Tampoco hay coreanos, chinos o japoneses, al parecer. Acerca la cabeza a la imágen buscándolos y nota que salvo los animales y las flores todos están vestidos con ropas coloridas, limpias, usadas durante muy poco rato, sin marcas de pliegues de los que se producen al sentarse o al plegar los brazos, posiblemente planchadas justo antes de la foto. Si, se responde a si mismo, es una foto, no es de los clásicos folletos ilustrados con dibujos a lápiz. Los leones... los leones también son de verdad, son de verdad! ...o el diseñador digital era muy bueno, definitivamente. Nada del estravismo amateur ni las miradas perdidas. El cordero lamiéndole la barba a la leona ya es una exageración.
De la milanesa solo quedan restos. Goloso, levanta entre índice y pulgar migas que quedan en el plato blanco. Lo que queda del vino no llega a la mitad del vaso. "Vienen cada vez más grandes", se ríe para adentro, mientras da vuelta el plato buscando esos característicos sellos azules internos al esmalte que le recuerdan la cocina de su abuela.
El mozo viene sin ser llamado, retira el plato y la jarra vacía. El hombre de servilleta en la boca, sintiéndolo molesto, se para, y metiendo la mano en el bolsillo logra automáticamente, sin emitir sonido, recibir el recitado de la cuenta, que paga con un billete, dos monedas grandes y dos chicas.
Levantando el saco desde la silla ya yéndose curva el cuerpo para esquivar el hombro de un comensal de movimientos nerviosos. De reojo ve el brillo de cubiertos y huele perfume de pino.
-Señor, me parece que se olvida de algo -se oye desde la mesa, donde una mano señala algo colorido sobre la cármica-.
-Me parece que no...
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