Mostrando entradas con la etiqueta ciudad vs. pueblo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ciudad vs. pueblo. Mostrar todas las entradas

domingo, 23 de noviembre de 2008

un abogado por favor.

.




Cuando recién se mudó, venía de un ritmo que para una verdadera megápolis podría ser enervantemente tranquilo, pero para alguien criado en un pueblo de 20000 habitantes llegó a ser ruidoso, sucio e impersonal. El nuevo lugar era un suburbio, donde lo que abundaba era el ruido del viento de otoño en las ramas de naranjos, pinos y eucaliptos, canto de gallos que no conocen horario y sexo de gatos gordos por las noches.
Tuvo la mala suerte de vivir los años que estuvo lejos en apartamentos con fachada sur, lo que salvo pequeños errores de la naturaleza durante los más luminosos veranos, lo condenaba a ser esclavo de los reflejos que la suerte le regalara.
Nunca pudo criar más plantas que una espantosa y diminuta tuna, amiga de las arañas y sin flores, y por supuesto, la cebollita de verdeo se negó siempre a mantener una erección.
Cuando llegó aquí, reitero, los árboles le dieron la bienvenida con una brisa verde, húmeda y fresca que se reiteraba todos los días, y las plantas lo miraron extrañadas.
Llegaba a fines del verano, cuando las lluvias comenzaban y no era necesario regarlas, por lo que recién hoy, en medio de una anunciada y deshinibida sequía, se están conociendo personalmente. Antes de ayer supo que lo que consideraba un gomero era una camelia, por ejemplo, y hace unos días comprendió que las plantas que dan al este sufren más el sol y se desidratan, se oscurecen, luego amarillean, se resquebrajan, fallecen al fin.
Pero lo que más interesante le resultó entender, fue la ceremonia del riego.

Trabaja con su computadora, lo que quiere decir que pasa mucho tiempo frente a ella, la mitad trabajando, la mitad navegando, dedicandose a mirar estrellas que revientan frente a sus ojos, música que había olvidado, noticias en lenguas que no entiende, emociones que quiere aprender a sentir. El tiempo que no está frente a su máquina es tiempo robado a una adicción, pero nunca se había quejado, al menos hasta ahora.
Cuando comprendió que las plantas, algunas, se mueren de sed, que no sobreviven naturalmente en la hostilidad de algunos extremos climáticos, la perspectiva del riego le resultó pesada, aburrida, tiempo perdido, trancado junto a la manguera, distribuyendo el líquido vino de la naturaleza por cuotas entre clientes fijos, trabajo de repartidor, burocracia del angel de la guarda de las campanillas y los helechos.
A regañadientes caminaba de planta en planta portando el cilindro de goma chorreante, al atardecer, entre la puesta de sol y la verdadera desaparición de la luz. Le parecía que pasaba una eternidad entre el momento en que el agua tocaba la tierra de una maceta y aquel cuando el nivel llegaba al límite, desbordándola.
Por momentos odiaba las hortensias, su fragilidad, su absoluta dependencia, su velocidad al morir, su liviandad, su huecura al ya no valer la pena.
Poco a poco la idea fue cambiando. Primero se vio jugando con la manguera como si fuera un apéndice suyo, como si fuera un niño conociéndose por primera vez. Varias veces debió parar la ceremonia para asistir a un evento que se llevaba a cabo en su baño, porque lo simil en algunos casos llama a lo parecido. Otras se entretuvo regando el pasto transformándose en un automatismo giratorio graduado, intentando moverse en un tiempo rítmico exacto, no sobrepasando un área específica, mientras lo veía o lo imaginaba reverdecer. Otras olvidó por un momento lo que hacía y dejó desbordarse los canteros mientras se perdía en el aroma a tierra mojada, preguntándose como guardar vividamente un recuerdo así.

Actualmente riega todo. Los sectores sin pasto, a ver si se les ocure cambiar; los dormideros de los promiscuos trepa-techos, los perros que pasan, que giran y le ladran o se van al menos sorprendidos, pero sobre todo mojados; los sectores de cemento, solo por sentir el vapor dulzón que exhalan; los árboles que no son frutales, solo por vicio.
Ultimamente riega descalzo, pinchándose los piés con la pinocha, mojándoselos descuidadamente, dejando correr el agua entre sus dedos, pisando el barro aromático de una forma tan lúdica que cuando se da cuenta se ruboriza y sonrie en su intimidad.
A veces piensa que alguien debería pagarle por los años que no pudo disfrutar de estos placeres. Pero, a quien le hace juicio?