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sábado, 10 de julio de 2021

Glitch sentimental


Otra vez te estoy escribiendo desde otro punto del planeta a pesar de tu falta de respuesta, por puro respeto mío a lo que resta y, como excusa, por pura falta de siquiera una negativa.

Lo más probable es que este texto vaya directamente a la carpeta de lo que nunca se revisa, y ni se lea ni lo sepa yo. ¿Cómo, si no, te hubiera sido tan dificil decir un hola o un adiós? 

Asumo entonces que escribo al vacío, sin saberlo por arte cierta, pero al vacío, sin esperar respuesta, porque lo contrario significaría pensarte ahí, leyéndome sin intención de responder, pensando  en mi necesidad de pensarte y en el espacio hueco y desequilibrado que puedas significar en mi vida, o sufriendo la necesidad de hablarme que se ahogará irremediablemente en tu orgullo.

Estoy en la montaña, en un claro entre arbustos secos, rodeado de filos lejanos de piedra, sobre parte de los cuales se oculta a mi espalda la última luz solar, dejando frente a mi en la ladera caliza el color de tu piel en aquella tarde de verano, en el borde entre la ciudad y el mar, y tus ojos surgen de la nada, con sus pestañas largas, haciendo como que no me ven, pero sabiendo que te miro, y no pudiendo evitar un dejo de tristeza cuando, para comprobar que me notas, le pregunto en secreto a ella, a mi lado, cualquier cosa, y le convido un dulce amargo. Te pesqué. Esa décima de segundo en que no pudiste evitar tu curiosidad, te pesqué. Siempre lo hice, y eso te daba esa furia que no logra expresarse sino con tristeza. ¿o fue al revés?

Ayer llegué caminando aquí, y no pensaba en ti. Al fin y al cabo para qué, si nunca hubo algo sano en la forma en que nos dábamos señales, siempre escondiendo, siempre espiando en las palabras de otros algún destello indiscreto que te cuente y me cuente quién soy, quien sos, para nunca conocernos y siempre soñar. 

Fue la luz carnosa sobre la piedra. Ingenua y desinteresada, activando un lugar en que tu recuerdo ya estaba entumeciéndose.

¿Cuánto hace que no te escribo?

¿Cuando fue que te escribí por primera vez? Ah... el viaje ...no: el trámite. O el teatro. Ya no está presente. Tanto hace que nunca fue. Que mostraste orgullosa mi carta a quienes inevitablemente me darían aviso. 

Quien, a pesar de haberme dado más negativas que las que considero un límite digno, se colaba entre la gente para ir delante mio, en mi campo de visión, y aparecía entre las sombras chocándome de espaldas en las fiestas, como sin querer, ya no existe.

Recuerdo puramente imaginario de nada que haya existido siquiera. Suposición extraña, suspendida, intangible.

Mañana ya no te recordaré, otra vez. No por rencor, en realidad. Como dije, fueron demasiadas veces, y al parecer no te fueron suficientes, o talvez querías dejarme en pausa hasta que, cansada de divertirte a expensas de las víctimas de tu perfil estilizado, pudieras usarme de refugio. 

Pero la vida, caprichosa e indiferente como vos misma, sigue, y esperarte era perderme a mi mismo, a ella, la vida misma, a los otros amigos y las otras mujeres, en el sur, el norte, en la selva y el desierto, que no me dejaban en pausa, y me daban otros diálogos, otros libros, otros mundos.

Otra luz de sol podrá hacerme recordarte, es posible, pero ya ves, cada vez pasa más tiempo, y no sabemos si hay próxima vez, o si ésta queda tan descolgada, en esta sucesión intermitente cada vez más dispersa, que ya no se percibe más que como un color frutal; una sensación en la piel; una nostalgia de la que no se conoce la causa.

domingo, 21 de junio de 2009

Flores robadas

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Se pasó toda la noche metido en la red. Estaba rescatando migajas que había dejado por todos lados, víctima de la espontaneidad, pulsión diferenciable, inconstancia, ciclotimia.
Fragmentos de texto, objects trouves fotográficos, estampados en intenciones bitacoreas inconclusas, siempre faltas de tesón, nunca faltos de intimidad.
En un rincón de la pantalla la vio. Era su testigo. Temió decirle que la había olvidado pero se tranquilizó creyendo que hay camaraderías que no permiten rencor.
Ella es un secreto para él. El probablemente sea un secreto para ella. Una complicidad sin compromiso, que no haría daño desechar, pero que se conserva por afinidad, por un lazo fragil de lectura equivocable de uno mismo en el otro.
Salvando las distancias, lo que estaba haciendo era mudarse, cambiar de barrio, de casa, otra vez. Había encontrado una puerta sin llave en algún lugar, y quería construir allí su pequeño tesoro imaginario.
Salvando las distancias, también, encontrarla en esa esquina, en esa cuadra que estaba abandonando, en esos pixeles de su pantalla, le dieron miedo a extrañarla.
Lo paradógico era que hacía tiempo que no la visitaba.

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La luz está saliendo. Es la luz, no el sol. Demasiadas nubes.
El tintero tiene chorros de tinta seca por dentro, de tanto estar abierto. Al terminar deberá cerrarlo y darlo vuelta, para evitar grumos molestos.
Mientras apaga la mitad de las velas suena en su mano una campanilla de bronce, rayada y opaca.
Toda la madera del cuarto huele a humedad, pero está seca.
"Debo informaros", escribe, tacha, recomienza sin cambiar de papel.
"Me gustaría que supierais" vuelve a tachar, ofuscado, preguntándose cuales son las palabras necesarias.
"Os dejo en estas líneas las señas de mi nueva morada, por si gustais seguir intercambiando impresiones, así sean éstas tan esporádicas como hasta ahora. Os comento que a donde voy los servicios pecan de ciertas bondades, aunque, por supuesto, pueden carecer de vicios tan amables como los de éste hospedaje que abandono.
¿podeis creerlo? recién hoy, en mi último día aquí, retiré explícitamente en conserjería la prohibición de molestarme con avisos de visita -prohibición que dí el primer día y que luego olvidé junto con la posibilidad de revertirla-.
Tuve el atrevimiento de robar para usted estas flores, puesto que a estas silenciosas horas me hubiera sido imposible agenciármelas en el mercado. Espero disfruteis de su aroma, un tanto salvaje, un tanto leve.
Os prometo que si vais de visita y no me encontrais, recibiré vuestros recados -así lo consigné con mis nuevos arrendadores, de antemano-.
Mis más sinceros respetos,"

Mientras firma golpean a la puerta. El sobresalto borroneó otra vez el papel.

¿Llamó usted, Señor?

Sí, esperad un momento, hacédme el favor.

Temiendo olvidar algo relee las últimas líneas mientras con su mano libre busca la barra de lacre en el plato del velador. En unos minutos juntará sus baules y llamará al cochero.

"P. D. : Casi lo olvido! Mi nueva dirección es..."