Otra vez te estoy escribiendo desde otro punto del planeta a pesar de tu falta de respuesta, por puro respeto mío a lo que resta y, como excusa, por pura falta de siquiera una negativa.
Lo más probable es que este texto vaya directamente a la carpeta de lo que nunca se revisa, y ni se lea ni lo sepa yo. ¿Cómo, si no, te hubiera sido tan dificil decir un hola o un adiós?
Asumo entonces que escribo al vacío, sin saberlo por arte cierta, pero al vacío, sin esperar respuesta, porque lo contrario significaría pensarte ahí, leyéndome sin intención de responder, pensando en mi necesidad de pensarte y en el espacio hueco y desequilibrado que puedas significar en mi vida, o sufriendo la necesidad de hablarme que se ahogará irremediablemente en tu orgullo.
Estoy en la montaña, en un claro entre arbustos secos, rodeado de filos lejanos de piedra, sobre parte de los cuales se oculta a mi espalda la última luz solar, dejando frente a mi en la ladera caliza el color de tu piel en aquella tarde de verano, en el borde entre la ciudad y el mar, y tus ojos surgen de la nada, con sus pestañas largas, haciendo como que no me ven, pero sabiendo que te miro, y no pudiendo evitar un dejo de tristeza cuando, para comprobar que me notas, le pregunto en secreto a ella, a mi lado, cualquier cosa, y le convido un dulce amargo. Te pesqué. Esa décima de segundo en que no pudiste evitar tu curiosidad, te pesqué. Siempre lo hice, y eso te daba esa furia que no logra expresarse sino con tristeza. ¿o fue al revés?
Ayer llegué caminando aquí, y no pensaba en ti. Al fin y al cabo para qué, si nunca hubo algo sano en la forma en que nos dábamos señales, siempre escondiendo, siempre espiando en las palabras de otros algún destello indiscreto que te cuente y me cuente quién soy, quien sos, para nunca conocernos y siempre soñar.
Fue la luz carnosa sobre la piedra. Ingenua y desinteresada, activando un lugar en que tu recuerdo ya estaba entumeciéndose.
¿Cuánto hace que no te escribo?
¿Cuando fue que te escribí por primera vez? Ah... el viaje ...no: el trámite. O el teatro. Ya no está presente. Tanto hace que nunca fue. Que mostraste orgullosa mi carta a quienes inevitablemente me darían aviso.
Quien, a pesar de haberme dado más negativas que las que considero un límite digno, se colaba entre la gente para ir delante mio, en mi campo de visión, y aparecía entre las sombras chocándome de espaldas en las fiestas, como sin querer, ya no existe.
Recuerdo puramente imaginario de nada que haya existido siquiera. Suposición extraña, suspendida, intangible.
Mañana ya no te recordaré, otra vez. No por rencor, en realidad. Como dije, fueron demasiadas veces, y al parecer no te fueron suficientes, o talvez querías dejarme en pausa hasta que, cansada de divertirte a expensas de las víctimas de tu perfil estilizado, pudieras usarme de refugio.
Pero la vida, caprichosa e indiferente como vos misma, sigue, y esperarte era perderme a mi mismo, a ella, la vida misma, a los otros amigos y las otras mujeres, en el sur, el norte, en la selva y el desierto, que no me dejaban en pausa, y me daban otros diálogos, otros libros, otros mundos.
Otra luz de sol podrá hacerme recordarte, es posible, pero ya ves, cada vez pasa más tiempo, y no sabemos si hay próxima vez, o si ésta queda tan descolgada, en esta sucesión intermitente cada vez más dispersa, que ya no se percibe más que como un color frutal; una sensación en la piel; una nostalgia de la que no se conoce la causa.

