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sábado, 24 de octubre de 2009
Preguntas ridículas
Intentaba hacerle notar que los rosales amarillos se estaban llenando de capullos a partir del comienzo del regado, la semana pasada, pero sentía la dislocación entre su atención y la mía. Supuse que tenía algo incómodo en sus zapatos o que intentaba resolver algún problema personal, privado, en silencio, orientando su mirada en un sentido que metafórica y fácticamente, le diera apoyo. Los mechones de pelo, a medias caoba brillante y lacio, a medias amarillo blanquecino y crespo, siempre más largo que corto, le caían desde la coronilla sobre los párpados arrugados, llenos de pecas oscuras, y el sol de la tarde me encandilaba desde su calva indecisa.
Incluí una incoherencia -"pero por suerte a los pétalos me los alquilaron a cambio de dos nubes"- sin cambiar el tono de enunciación y sin pausa, para comprobar la distancia de su pensamiento.
Definitivamente se dió por enterado. -Si te salió barato depende del color de las nubes y la hora del trueque-, dejó fluir lentamente en voz baja sonriendo desde la pera. Hice silencio esperando. Con el índice estirado haraganamente y girando en lo que podría haber sido un estilizado swing de golf incompleto, sin soltarse la muñeca detrás del cuerpo, apuntó al verde bajo el pequeño corral de los arbustos. -Siempre, si encuentro uno de cuatro hojas, lo guardo dentro de un libro. Lo empaqueto en un sandwich de papel higiénico. Antes lo hacía con papel encerado del que se usaba en el taller, y se secaba más despacio y nunca se pegaba. Pero cuando me jubilé bueno... Queda un poco incómodo como marcador pero tampoco es grave. A veces tienen tanta savia que pueden manchar las hojas igual. Supongo que deberá tener algo que ver con la fase de la luna-.
Evitando con una flexión lateral de cadera la barrera de las ramas bajas imité la búsqueda de esa exepción, íntimamente asombrado con el contraste entre el confesado esoterismo y la lógica acérrima e inmaculada que atribuia a mi interlocutor. Pero lo esotérico, pensé en silencio mientras compartíamos la pequeña frustración, podría ser una interpretación equivocada. Aquel con el que dentro de un rato compartiríamos los restos de una torta de cumpleaños atrasado, en reposeras deshilachadas, frente a las sombras crecientes, podría ser sencillamente un secreto disfrutador de viejas costumbres irracionales. Un posible coleccionista de detalles inocuos, o ni siquiera eso. No se lo pregunté, y cambiamos de tema.
No sé porqué no pude escapar a esa pregunta, intermitentemente, durante su visita. Mientras se acomodaba un buzo sobre la falda, de piernas cruzadas, para sostener las migas de chocolate, que se enredaron entre la felpa de lana. Mientras sin prestar atención lo ví revolver el té en sentido horario y luego antihorario. Mientras, cuando se fue, aduciendo que Su Exelencia -se refería a su esposa- ya tendría un veredicto, se salió un momento del camino para pisar una piedra llamativamente roja.
domingo, 21 de junio de 2009
Flores robadas
.

Se pasó toda la noche metido en la red. Estaba rescatando migajas que había dejado por todos lados, víctima de la espontaneidad, pulsión diferenciable, inconstancia, ciclotimia.
Fragmentos de texto, objects trouves fotográficos, estampados en intenciones bitacoreas inconclusas, siempre faltas de tesón, nunca faltos de intimidad.
En un rincón de la pantalla la vio. Era su testigo. Temió decirle que la había olvidado pero se tranquilizó creyendo que hay camaraderías que no permiten rencor.
Ella es un secreto para él. El probablemente sea un secreto para ella. Una complicidad sin compromiso, que no haría daño desechar, pero que se conserva por afinidad, por un lazo fragil de lectura equivocable de uno mismo en el otro.
Salvando las distancias, lo que estaba haciendo era mudarse, cambiar de barrio, de casa, otra vez. Había encontrado una puerta sin llave en algún lugar, y quería construir allí su pequeño tesoro imaginario.
Salvando las distancias, también, encontrarla en esa esquina, en esa cuadra que estaba abandonando, en esos pixeles de su pantalla, le dieron miedo a extrañarla.
Lo paradógico era que hacía tiempo que no la visitaba.
_____________________________
La luz está saliendo. Es la luz, no el sol. Demasiadas nubes.
El tintero tiene chorros de tinta seca por dentro, de tanto estar abierto. Al terminar deberá cerrarlo y darlo vuelta, para evitar grumos molestos.
Mientras apaga la mitad de las velas suena en su mano una campanilla de bronce, rayada y opaca.
Toda la madera del cuarto huele a humedad, pero está seca.
"Debo informaros", escribe, tacha, recomienza sin cambiar de papel.
"Me gustaría que supierais" vuelve a tachar, ofuscado, preguntándose cuales son las palabras necesarias.
"Os dejo en estas líneas las señas de mi nueva morada, por si gustais seguir intercambiando impresiones, así sean éstas tan esporádicas como hasta ahora. Os comento que a donde voy los servicios pecan de ciertas bondades, aunque, por supuesto, pueden carecer de vicios tan amables como los de éste hospedaje que abandono.
¿podeis creerlo? recién hoy, en mi último día aquí, retiré explícitamente en conserjería la prohibición de molestarme con avisos de visita -prohibición que dí el primer día y que luego olvidé junto con la posibilidad de revertirla-.
Tuve el atrevimiento de robar para usted estas flores, puesto que a estas silenciosas horas me hubiera sido imposible agenciármelas en el mercado. Espero disfruteis de su aroma, un tanto salvaje, un tanto leve.
Os prometo que si vais de visita y no me encontrais, recibiré vuestros recados -así lo consigné con mis nuevos arrendadores, de antemano-.
Mis más sinceros respetos,"
Mientras firma golpean a la puerta. El sobresalto borroneó otra vez el papel.
¿Llamó usted, Señor?
Sí, esperad un momento, hacédme el favor.
Temiendo olvidar algo relee las últimas líneas mientras con su mano libre busca la barra de lacre en el plato del velador. En unos minutos juntará sus baules y llamará al cochero.
"P. D. : Casi lo olvido! Mi nueva dirección es..."

Se pasó toda la noche metido en la red. Estaba rescatando migajas que había dejado por todos lados, víctima de la espontaneidad, pulsión diferenciable, inconstancia, ciclotimia.
Fragmentos de texto, objects trouves fotográficos, estampados en intenciones bitacoreas inconclusas, siempre faltas de tesón, nunca faltos de intimidad.
En un rincón de la pantalla la vio. Era su testigo. Temió decirle que la había olvidado pero se tranquilizó creyendo que hay camaraderías que no permiten rencor.
Ella es un secreto para él. El probablemente sea un secreto para ella. Una complicidad sin compromiso, que no haría daño desechar, pero que se conserva por afinidad, por un lazo fragil de lectura equivocable de uno mismo en el otro.
Salvando las distancias, lo que estaba haciendo era mudarse, cambiar de barrio, de casa, otra vez. Había encontrado una puerta sin llave en algún lugar, y quería construir allí su pequeño tesoro imaginario.
Salvando las distancias, también, encontrarla en esa esquina, en esa cuadra que estaba abandonando, en esos pixeles de su pantalla, le dieron miedo a extrañarla.
Lo paradógico era que hacía tiempo que no la visitaba.
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La luz está saliendo. Es la luz, no el sol. Demasiadas nubes.
El tintero tiene chorros de tinta seca por dentro, de tanto estar abierto. Al terminar deberá cerrarlo y darlo vuelta, para evitar grumos molestos.
Mientras apaga la mitad de las velas suena en su mano una campanilla de bronce, rayada y opaca.
Toda la madera del cuarto huele a humedad, pero está seca.
"Debo informaros", escribe, tacha, recomienza sin cambiar de papel.
"Me gustaría que supierais" vuelve a tachar, ofuscado, preguntándose cuales son las palabras necesarias.
"Os dejo en estas líneas las señas de mi nueva morada, por si gustais seguir intercambiando impresiones, así sean éstas tan esporádicas como hasta ahora. Os comento que a donde voy los servicios pecan de ciertas bondades, aunque, por supuesto, pueden carecer de vicios tan amables como los de éste hospedaje que abandono.
¿podeis creerlo? recién hoy, en mi último día aquí, retiré explícitamente en conserjería la prohibición de molestarme con avisos de visita -prohibición que dí el primer día y que luego olvidé junto con la posibilidad de revertirla-.
Tuve el atrevimiento de robar para usted estas flores, puesto que a estas silenciosas horas me hubiera sido imposible agenciármelas en el mercado. Espero disfruteis de su aroma, un tanto salvaje, un tanto leve.
Os prometo que si vais de visita y no me encontrais, recibiré vuestros recados -así lo consigné con mis nuevos arrendadores, de antemano-.
Mis más sinceros respetos,"
Mientras firma golpean a la puerta. El sobresalto borroneó otra vez el papel.
¿Llamó usted, Señor?
Sí, esperad un momento, hacédme el favor.
Temiendo olvidar algo relee las últimas líneas mientras con su mano libre busca la barra de lacre en el plato del velador. En unos minutos juntará sus baules y llamará al cochero.
"P. D. : Casi lo olvido! Mi nueva dirección es..."
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