
Mastico suavemente. Con la lengua separo las semillas, amargas, con gusto verde. Desde detrás de los lentes siento que todo esto lo viví hace años, cuando los mediodías tenían olor a ventanas abiertas, a frituras caseras, a carnes guisadas con vino, veredas al sol en el camino de vuelta desde el liceo, portones con perros que ladraban pero no mordían. Yo tenía el pelo corto, usaba camisa, buzo escote en "V", Zapatos con cordones, y me portaba bien.
No es lo mismo, por supuesto. Es solo la sensación de una cadencia, un recuerdo de ansiedad que parece tener moho.
Los veo codearse y declararse cariño por conveniencia. Los veo dar discursos de vanguardia. De vanguardia... qué anacrónicos.
Uno que quiere tocar, para poder seguir creando desde su piso enmoquetado, calefaccionado, en su mundo, el que disfruta, dedicarse por horas a un brillo en un sonido hasta casi llorar, hasta quedar afónico sin siquiera hablar, emocionado. Otro que solo quiere crear, no importa qué, en su piso enmoquetado, calefaccionado, para poder tocar, tener fans, hablar en la radio, falsear más la voz, arrastrar las letras. Cualquier cosa, algo que se pueda encajar en cualquier espacio, no importa qué.
Los veo desde detrás de mis lentes, desde debajo del sombrero, apoyado al mostrador, embotado en algo blanco, transparente, con limón, cortesía de la casa después del último trago, antes de pararme para ver cuan mareado estoy, antes de ir al baño, antes de irme.
Uno de los dos me parece muy noble. El otro me da asco, porque soy un romántico. Un romántico... qué anacrónico.
Lo tiene casi convencido. Por dentro grito "esperá a que se vaya el alcohol, esperá..."
Me paro. El langa, por supuesto, se tira una canchereada refiriéndose a mi estado. Yo simulo estar más alcoholizado de lo que estoy y levanto un escarbadientes del plato mientras voy al baño, solo para no tener que responder. Me conozco. Cuando chico nos encajaban Superman en el cine y nos transformamos en justicieros, y hoy en día hay que dejar los juguetes en el cajón. Mejor hacer la vista gorda, dar consejos solo si se nos pide, y dejar que el jodedor gane en el mundo de los poco precavidos.
Hoy en día, pese al bombardeo de datos contradictorios, solo se defiende a quien se quiere.
Pago lo mío en caja, en el camino de ida.
De regreso, desde lejos, lo veo gesticular, grandilocuentemente. Lo veo asentir, timidamente, y me da esperanza su cara de querer escaparse.
Casi me tropiezo con ella, que me sonríe. En la mesa me recibe un silencio paranoiqueante. Mientras deslizo mi mano recogiendo el cambio me despido con un guiño. No va más.
1 comentario:
me gusta ese efecto de estar viendo la escena a través de los mismos lentes del que lo está contando. me parece que yo todavía no guardé los jueguetes en el cajón. supongo que si en algo soy anacrónica, es en el romanticismo, por eso me capturó el detalle del sombrero.
gracias por atender a mis paranoias, imposible zafarles con estos flujos de libre acceso a-donde-sea, anonimato y persecusión cybernética silenciosa. de todas formas, no tengo mayores procedimientos de seguridad. siéntase libre de manifestarle como a usted le guste.
y tu enlace a mi rincón abandonado no me molestaba, debo confesar que me hizo sonreir cuando lo vi.
besos,
María.
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