viernes, 23 de julio de 2021

Entre nosotros


  


he tenido perros, gatos, loros, tortugas, hamsters, ratones, lagartos, monos, coatíes, boas... y siempre pensé que no había posibilidad de sorprenderme en lo que respecta al mundo animal. Y sin embargo la sorpresa es eso: una sorpresa. Y como tal puede venir del lugar menos pensado.

En mi caso fue un gato, y para no hacer un prólogo demasiado largo, este animal me convenció de ir al psicólogo.

Si hago un recuento de sus características, debo comenzar por decir que era un animal muy feo. terminó en mi casa solo porque me vi obligado. Era de mi padre, y cuando falleció me lo puso en la herencia como en el gato con botas, y mi reacción, aunque diferencias salvadas, fue bastante similar a la del hijo menor del molinero.

"Gato del carajo" comenzó a presentarse como pensamiento rumiante en los amaneceres, cuando al pasar rumbo a la cocina me encontraba con sus digestiones externas decorando la alfombra, a meros centímetros de su caja de piedras absorventes.

Feo. Tuerto, con una oreja de menos, cola quebrada, pelaje tan desparejo en largo, distribuición y color que había que bañarlo para que parezca sucio.

"Pesadillato" se deslizaba entre mis labios contraidos y mis dientes apretados a la noche, cuando, atravesando la puerta corrediza de cristal se me colaba al entrar entre las piernas y se paraba en la pasada, deteniéndome, asi le hubiera yo puesto su plato como carnada, con su preferida dosis de arenques ahumados.

Si no hubiera quedado tuerto en sus travesuras nocturnas, seguiría de todos modos feo, teniendo, como tenía, su estravismo inquietante e irrespetuoso, sostenido en el cual indefectiblemente buscaba el lugar exacto que le conviniera para mantener un ojo en mi y otro en un interés secundario: la pantalla digital de la cocina; el cordón de la cortina bamboleándose al viento del balcón; los pájaros de paso, piando sobre el arbol de té.

Pero nada de esto hubiera sido suficiente para sacarme de quicio. Y como sugerí antes, las razones para una crisis pueden venir de un lugar insospechado. Y este ademan de felino lo era, porque...

Bueno, no se si es oportuno meterme a explicar lo siguiente, pero parece necesario, como cruzar la puerta para salir a la vereda...  Y es que siempre tuve la sensación, inconsciente, de que como humanos, buscar comunicarnos con extraterrestres era como saltarnos el paso de entender lo que piensan animales como los delfines o los perros. Talvez las ballenas y los elefantes. No los gatos.

El esperpento éste cambia de canal siempre a las mismas señales. Lo dije. Así de fácil, pero lo dije. 

Díganme loco, pero yo elijo un canal, y estoy escuchando mientras bato los cereales molidos y se los agrego al café y, de repente, escucho como todo queda en silencio, apareciendo de a ratos ruido blanco o voces entrecortadas cuando se demora una décima de segundo más, y luego se detiene, llenándose la casa de voces en chino (o coreano, porque también le gusta un canal de bricolage y modelos en trajecitos, tan delgadas que parecen víctimas perfectas para huracanes). O el espantoso canal de ingeniería informática (¿hay tantos programadores como para que haya un canal de programación en código comentada en voz robótica gangosa, aburrida e interrupta? suena casi como un partido imaginario de tenis entre una impresora y un cajero automático.)

Ese ha de haber sido el primer boleto al diván. Sólo el primero.

La máquina escupe pelos borra los mensajes de la contestadora (lo que ya es algo que me dejó en señal de ajuste cuando lo noté), pero sólo cuando me llaman determinadas y específicas personas: Mi cliente más importante; la hermana de mi jefa -mi amante-; Mi mejor amigo...

No, no me lo estoy imaginando. En ambas actividades lo sorprendí in fraganti, y cuando se dió cuenta de que lo había descubierto me quedó mirando fijamente mientras su pata (¿mano?) seguía moviéndose hasta lograr su objetivo, dejándome congelado a la entrada de la habitación, sin saber qué paso dar.

El psicólogo dice que para todo esto y el resto de la lista que no quiero enumerar ahora más que someramente (encontrarlo susurrándome quién sabe qué en la madrugada, abrir la llave de la bañera de la segunda planta, arrastrar el trapeador para dejarlo de obstáculo en el camino al baño, y varios etcéteras), debe haber explicaciones lógicas, y yo lo convencí de que creo que tiene razón. 

Pero acabo de llevar al energúmeno a un pueblo a 5 horas de aquí, para lo que me tomé todo el domingo. Lo dejé atado con un una cuerda de cáñamo atada a su collar y al parachoques de un bus abandonado en el que incluso puede buscar refugio mullido, porque mi crueldad no alcanza a otra cosa por ahora, y sé, porque ya lo ha hecho, que en un par de horas podrá soltarse.

Y me compré una escopeta.

sábado, 10 de julio de 2021

Glitch sentimental


Otra vez te estoy escribiendo desde otro punto del planeta a pesar de tu falta de respuesta, por puro respeto mío a lo que resta y, como excusa, por pura falta de siquiera una negativa.

Lo más probable es que este texto vaya directamente a la carpeta de lo que nunca se revisa, y ni se lea ni lo sepa yo. ¿Cómo, si no, te hubiera sido tan dificil decir un hola o un adiós? 

Asumo entonces que escribo al vacío, sin saberlo por arte cierta, pero al vacío, sin esperar respuesta, porque lo contrario significaría pensarte ahí, leyéndome sin intención de responder, pensando  en mi necesidad de pensarte y en el espacio hueco y desequilibrado que puedas significar en mi vida, o sufriendo la necesidad de hablarme que se ahogará irremediablemente en tu orgullo.

Estoy en la montaña, en un claro entre arbustos secos, rodeado de filos lejanos de piedra, sobre parte de los cuales se oculta a mi espalda la última luz solar, dejando frente a mi en la ladera caliza el color de tu piel en aquella tarde de verano, en el borde entre la ciudad y el mar, y tus ojos surgen de la nada, con sus pestañas largas, haciendo como que no me ven, pero sabiendo que te miro, y no pudiendo evitar un dejo de tristeza cuando, para comprobar que me notas, le pregunto en secreto a ella, a mi lado, cualquier cosa, y le convido un dulce amargo. Te pesqué. Esa décima de segundo en que no pudiste evitar tu curiosidad, te pesqué. Siempre lo hice, y eso te daba esa furia que no logra expresarse sino con tristeza. ¿o fue al revés?

Ayer llegué caminando aquí, y no pensaba en ti. Al fin y al cabo para qué, si nunca hubo algo sano en la forma en que nos dábamos señales, siempre escondiendo, siempre espiando en las palabras de otros algún destello indiscreto que te cuente y me cuente quién soy, quien sos, para nunca conocernos y siempre soñar. 

Fue la luz carnosa sobre la piedra. Ingenua y desinteresada, activando un lugar en que tu recuerdo ya estaba entumeciéndose.

¿Cuánto hace que no te escribo?

¿Cuando fue que te escribí por primera vez? Ah... el viaje ...no: el trámite. O el teatro. Ya no está presente. Tanto hace que nunca fue. Que mostraste orgullosa mi carta a quienes inevitablemente me darían aviso. 

Quien, a pesar de haberme dado más negativas que las que considero un límite digno, se colaba entre la gente para ir delante mio, en mi campo de visión, y aparecía entre las sombras chocándome de espaldas en las fiestas, como sin querer, ya no existe.

Recuerdo puramente imaginario de nada que haya existido siquiera. Suposición extraña, suspendida, intangible.

Mañana ya no te recordaré, otra vez. No por rencor, en realidad. Como dije, fueron demasiadas veces, y al parecer no te fueron suficientes, o talvez querías dejarme en pausa hasta que, cansada de divertirte a expensas de las víctimas de tu perfil estilizado, pudieras usarme de refugio. 

Pero la vida, caprichosa e indiferente como vos misma, sigue, y esperarte era perderme a mi mismo, a ella, la vida misma, a los otros amigos y las otras mujeres, en el sur, el norte, en la selva y el desierto, que no me dejaban en pausa, y me daban otros diálogos, otros libros, otros mundos.

Otra luz de sol podrá hacerme recordarte, es posible, pero ya ves, cada vez pasa más tiempo, y no sabemos si hay próxima vez, o si ésta queda tan descolgada, en esta sucesión intermitente cada vez más dispersa, que ya no se percibe más que como un color frutal; una sensación en la piel; una nostalgia de la que no se conoce la causa.